miércoles, 27 de mayo de 2009

El niño perdido




    Ocurrió que un domingo de primavera, en el pueblo de al lado de donde vivia Rosalía. Un niño, de apenas tres años, se perdió cerca del bosque mientras su hermana mayor y otros niños de entre seis y diez años jugaban al escondite. Cuando se dieron cuenta de su desaparición se pusieron a buscarle, pero fue en vano, no pudieron dar con él ni con su rastro. En vista de que ellos solos no lo iban a encontrar avisaron asus padres  
  La voz se corrió como reguero de pólvora por todo el pueblo.  
  “El hijo de Isidoro se ha perdido en el monte” y a la llamada acudieron todos los hombres de la aldea con los perros, algunos llevaban escopetas, otros hoces, otros palos y los más simplemente sus manos curtidas por el duro trabajo, pero todos con una meta en común, encontrar al chiquillo.
    Las horas fueron pasando y la desesperación del padre crecía a cada paso que daban sin lograr su objetivo, ahora les parecía oír algo, quedaban expectantes, como paralizados, escuchando, pero nada, sólo era el viento, allá se movían unos matojos, una rama, pero cuando llegaban al lugar no había nada, la tragedia podía leerse en los rostros de los campesinos.

   Mientras, en la casa del chiquillo las mujeres del pueblo, arropaban a la madre y hermana, que se culpaban, a si mismas, de lo ocurrido, la hermana por no haber cuidado bien de él y la madre por dejar que se lo llevase.
    En el monte, el padre dándose cuenta de que era imposible dar con el paradero de su hijo, los perros habían perdido el rastro y los llevaban en círculos, tomó una decisión.
    ─Voy a buscar a Rosalía, ella, algunas veces, encuentra a los animales y al fin, las personas somos como los animales.
    ─Está bien ─le contestaron respetando su opinión─ nosotros seguiremos por el bosque hasta que se haga de noche o aparezca el niño.
    Por el camino, cogió el caballo de su vecino que estaba pastando en el prado, lo montó sin ni siquiera parar a ensillarlo y salió tan rápido, como el galope del animal se lo permitía.
    ─No se si podré hacer algo ─le dijo Rosalía y añadió─ pero que no se diga que Rosalía se ha negado a intentar ayudar a alguien. Nos llevaremos a Canelillo, es un perro muy pequeño, pero lo que él no huela, no lo huele nadie. ¡Ensilla ese caballo! iras más cómodo
    Cuando llegaron al lugar faltaba poco para el ocaso. Los hombres se ofrecieron a continuar, pero Rosalía se negó argumentando que sólo tenían dos bestias y que irían más ligeros y harían menos ruido.
    ─Si Canelillo encuentra el rastro nos guiara hasta donde esté, ir todos, sólo retrasaría la búsqueda y se nos echaría la noche encima y de noche ir a pie por el bosque es un suicidio. Antes de que se fueran, les pidió las ropas del niño que habían utilizado para que los perros siguiesen el rastro.
    Al quedarse solos, ella le pidió que la llevase al sitio donde se perdió la pista, una vez monte adentro, le dio a oler las prendas al perro y le dijo.
    ─!Huele, Canelillo! Dime donde desapareció.
    El perro olfatea el suelo y el aire y al poco se queda parado mirando hacia el este, a la espesura del bosque. Rosalía se dirige a Isidoro y le pregunta.
    ─¿Has vuelto a ver a perdida?
    Perdida era una loba que Isidoro encontró cuando ésta sólo contaba un mes o dos de vida, le dio pena, se la llevo a su casa y la crío con sus otros dos perros. Mientras la loba fue pequeña no tuvo ningún problema, pero a medida que el animal crecía su mujer fue cogiendo miedo a que Perdida atacase a sus hijos que se pasaban la mayor parte del día jugando con ella. Tanta fue la insistencia de la mujer y las advertencias de los vecinos que Isidoro la llevó, una mañana al amanecer y la dejo, libre y con comida, en la espesura del bosque.
    Antes de contestar, el hombre trago saliva y preguntó a su vez.
    ─¿No creerás que ella tiene algo que ver?
    ─Yo no creo ni dejo de creer, sólo pregunto y quiero que me digas la verdad.
    Isidoro bajo la cabeza y contestó.
   La he visto varias veces, suele venir de noche a casa y yo le doy algo de comida, la última vez que la vi, fue hace tres semanas, estaba preñada, seguro que ya ha parido.
    Rosalía se agacha le dice algo al perro y éste sigue un nuevo rastro. Al poco, Canelillo, se vuelve a parar y mira a su dueña que le ordena.
    ─¡Sigue los dos!
    ─¿Qué pasa? ─quiso saber Isidoro.
    ─Que el perro ha vuelto a encontrar el rastro de tu hijo.
    Casi en lo alto del monte Canelillo se detiene y la mujer informa.
    ─Desde aquí tienes que seguir a pie tu solo, llévate la escopeta por si acaso.
    ─¿Tú no me acompañas, acaso tienes miedo?
    ─No, pero lo que aguarda es una loba con sus crías, no permitirá que nadie se acerque a ellas, si no es Perdida tendrás que matarla y recuperar lo que quede de tu hijo, si es que queda algo, si, como yo espero, es Perdida, a ti te recibirá bien y podrás llevarte a tu hijo de vuelta a casa, pero si me ve a mí, puede sentirse amenazada y reaccionar mal.
    Isidoro se fue siguiendo al perro que caminaba despacio, con miedo. Muy cerca de la guarida de la loba Canelillo se detuvo, Isidoro apoyó la escopeta, cargada, contra su hombro y avanzó con cautela. El animal salió de su escondite y él hombre se dispuso a disparar, pero en el último segundo reconoció a su amiga y ésta reconoció su olor. Mientras, el pequeño Canelillo, agazapado entre los matojos no se le oía ni se le veía, por no hacer casi ni respiraba a causa del pánico. La loba salió al encuentro del que consideraba su amo y éste dejó la escopeta en el suelo y la saludo. Perdida le condujo a su guarida donde no se veía más que muchos ojos relucientes, Isidoro llamo con temor a su hijo que se despertó al oírle y salió corriendo del recinto y se abrazó a él. Agachado y con el niño en brazos, el hombre abrazo también a la loba en señal de agradecimiento. Mientras Rosalía se acercaba muy despacio, con los brazos extendidos y las palmas de las manos vueltas mirando al cielo. Cuando Perdida reparó en ella, por un momento se quedó tensa, expectante, luego avanzó hacia la mujer, casi a su altura se detuvo y la miro a los ojos, dio media vuelta y Rosalía la siguió. Al llegar a la lobera, el animal se aparto para que Rosalía pudiera ver dentro, sacó, uno por uno, hasta cuatro cachorros, mezcla de perro y lobo, los miro y los dejo con sumo cuidado de nuevo en la guarida.
    ─Hemos tenido mucha suerte, Perdida no ha logrado integrarse en ninguna manada, se ha apareado con un perro grande, quizás con el tuyo, si se hubiese juntado con un lobo hubiéramos tenido muchos problemas.
    De vuelta, a donde los hombres de la aldea les esperaban, ya con las primeras sombras de la noche cerniéndose sobre sus cabezas, Isidoro comentó.
   ─Lo que no entiendo es como se perdió el rastro y como Canelillo dio con él otra vez.
En lugar de contestar, Rosalía preguntó al niño.
    ─Dime, Luisito, ¿Cómo encontraste a Perdida?
  ─No sabia volver, me asuste y empecé a llorar y a gritar llamando, pero nadie me oía, entonces apareció Perdida y empezó a lamerme, deje de llorar y me subí encima de ella, como solía hacer en casa, al rato me bajaba y andaba otro rato, hasta que llegamos a su casa, vi a los lobitos y me puse a acariciarlos, pero me quede dormido, luego llego mi padre.
    ─Ahí tienes la respuesta, al subirse el niño a la loba, los perros perdieron la pista, pero canelillo no, él encontró un rastro nuevo junto al anterior y le mandé seguirlo, volvió a encontrar las dos pistas juntas y le ordené que continuara, tanto si iban las dos juntas como si sólo percibía una. Eso me dio la esperanza de que tu loba lo hubiese encontrado, mi temor era que si estaba integrada en una manada, ésta quisiera defenderla.
    ─¿Por qué quiso que vieras a sus hijos?
    ─Los animales y yo nos entendemos bien.







sábado, 16 de mayo de 2009

El hombre y el lobo



   Esto ocurrió en el pueblo de Rosalía, una noche, a principios de invierno. La mujer de Manuel, uno de los vecinos de Rosalía, se puso enferma; sudaba, tenia mucha fiebre y le salieron granos por todo el cuerpo, Manuel se asustó de veras cuando observó que a su mujer se le empezaban a hinchar las manos y los pies y aunque era de noche decidió ir a buscar a Rosalía, no vivía muy lejos, a menos de una hora andando, pero había que cruzar el bosque y en él moraban los lobos. Manuel sólo pensaba en que su mujer podía morir si no traía ayuda y sólo confiaba en La Maga, como algunos llamaban a Rosalía.
    Dejó a su mujer al cuidado de la hija, se abrigó y salió en busca de Rosalía. 

  Al poco de entrar en el bosque le salieron una manada de lobos, el hombre sintió miedo, mucho miedo y lamentó no haber cogido la escopeta, se sentía hombre muerto devorado por las bestias, cuando de pronto apareció, como salido de la nada, un lobo blanco y casi el doble de grande que cualquiera de los otros, él había oído a su abuelo, en alguna ocasión, hablar de un lobo blanco muy grande. Él, su abuelo, decía que era el espíritu de todos los lobos, una especie de líder o Dios al que los demás obedecían, pero siempre creyó que era un cuento, una leyenda que contaban los viejos, también le decía, su abuelo que si alguna vez se encontraba con él que no le demostrase miedo que no huyera ni intentara defenderse que si el lobo quisiera atacarle, ni siquiera le daría tiempo a verle, que siguiera su camino a paso ligero, pero sin correr y así lo hizo aunque las piernas le temblaban, del miedo que tenia, tampoco se atrevió a mirar hacia atrás.

    Cuando estaba llegando a la casa de Rosalía, los perros empezaron a ladrar y Jesús, el marido de Rosalía salió a ver que pasaba, al mirar hacia el camino pudo ver, gracias a la luz de la luna que esa noche lucia llena, a su vecino que caminaba deprisa y a unos pocos metros de éste, a un enorme lobo blanco que le seguía, altivo, sin prisa, a Jesús le dio la impresión de que el animal no acechaba al hombre, si no que le acompañaba y le protegía.

    Una vez informada Rosalía de lo que estaba pasando, se puso ropa de abrigo, recogió varias cosas de la cocina las metió en una talega grande, ensillaron a Paciente e Impaciente y emprendieron el camino de regreso a casa de Manuel, siempre seguidos de cerca por el lobo blanco que no les perdía de vista.
    Al llegar a la vivienda la hija de Manuel les abrió la puerta, Rosalía bajó del caballo y entro en la casa, no antes de decirle a Manuel.
    ─Vete a la cuadra, coge a tu mejor oveja y dásela al lobo.
    ─¿Por qué tengo que hacer eso? ─preguntó Manuel
    ─Porque si no lo haces él se cobrara diez por una y porque es un bajo precio por tu vida.

    Al ver en el estado que se encontraba Josefa, Rosalía le pidió a la hija que le trajese agua lo más fría que pudiese y que pusiera más a hervir, empapó toallas en el agua fría y se las puso en la frente, manos y pies de la enferma, luego la dejo al cuidado de la hija con la recomendación de cambiarle las toallas en cuanto éstas cogiesen calor, entretanto ella se fue a la cocina, sacó lo que llevaba en la saca y selecciono varias hierbas, algunas raíces y dos clases de bayas secas, lo metió a cocer en la olla, atizó la lumbre y espero a que hirviesen por espacio de unos cuantos minutos, después coló un poco del liquido en una taza le añadió miel y se lo dio a beber a la enferma, estuvo repitiendo lo de las toallas y la tisana hasta que la fiebre empezó a remitir, luego le quitó las toallas, la abrigo y les dijo que siguiera tomando la tisana cada tres horas durante dos días.
    Manuel quiso pagarle, pero ella no lo permitió, bastante perdida tuvo con la oveja.

martes, 12 de mayo de 2009

El hombre que engañó a la muerte


    Hoy os voy a contar algo distinto de Rosalía, es que Rosalía no sólo era una mujer con extraños poderes, también era cercana, cariñosa, llana.
  En la época invernal, cuando la inclemencia del tiempo no permitía realizar trabajos fuera de la casa, los habitantes del pueblo, hacían o arreglan herramientas, desgranaban el maíz, en fin, realizaban un sin fin de cosas que no pudieron hacer durante el resto del año. En el pueblo de Rosalía, como en otros muchos pueblos, los vecinos tenían la costumbre de reunirse por las tardes, una o dos veces a la semana, varias familias en una misma casa, se sentaban en torno a la lumbre a merendar, cada uno, según sus posibilidades, llevaba algo de comer, el que no podía no llevaba nada, pero era tan bien recibido como los demás. Además de merendar aprovechaban para planificar los trabajos que concernían a todos los habitantes de la aldea como; arreglar acequias, limpieza de los montes, rotación del pastoreo…, jugaban a las cartas, contaban historias, inventadas o no, los más viejos contaban anécdotas de su juventud y las mujeres tejían o cosían.
    Las visitas de Rosalía no solían llevar nada hecho, el que podía llevaba harina, huevos, azúcar, manteca. El motivo era que Rosalía tenía una muy buena mano para la cocina, en especial para los postres. Cuando ella amasaba y cocía el pan, aproximadamente cada quince días, los más pequeños sabían que podían ir a buscar su panecillo dulce, los más mayorcitos su pan con chorizo (un panecillo que se cocía en el horno con un chorizo en sus entrañas) tampoco faltaban los panecillos de trigo para Eduviges, una anciana que por su edad y el mal estado de su boca, no podía masticar bien el resto del pan, normalmente se hacia mezclando dos partes de harina de centeno con una de trigo, el resultado era un pan menos esponjoso y más consistente, de tacto un poco áspero que se conservaba bien, otra de las razones por las que se hacia así, era porque el centeno se daba mejor en esa zona, triplicando la cosecha del trigo con la misma cantidad de simiente y el mismo espacio de terreno. En las reuniones de Rosalía se servían una especie de torta muy, muy fina hecha con leche, harina de trigo y huevos, que se solía comer untada de mermelada, miel o solas
    Mientras merendaban, los niños se arremolinaban en toro a Rosalía y le pedían que les contase algún cuento o que jugase con ellos a las adivinanzas. En una de esas tardes, ella, nos contó una historia, no se si inventada, oída o cierta, en todo caso a mí me impresiono mucho, hasta el punto de no poder olvidarla, quizás porque la asocie con un lugar en concreto y cada vez que pasaba cerca creía ver a los personajes.
    ─Esto era ─comenzó a contar Rolalía─ un hombre que tenía una mujer muy hermosa que le iba a dar un hijo en unos pocos días. Una mañana al salir de casa, este hombre se encontró con la muerte que le dijo.
    ─He venido a llevarme a tu mujer, déjame entrar
    A lo que él contestó, cerrando la puerta.
   ─No, llévame a mí en su lugar, pero antes espera unos días a que nazca mi hijo, no quiero morir sin conocerle.
    La muerte que se aburre un montón, siempre está sola, nadie quiere estar con ella y es que el que la acompaña se muere, aceptó advirtiéndole.
   ─No trates de engañarme, nunca nadie lo ha conseguido. Vendré a verte todas las noches después de que tu mujer se duerma y jugaremos un rato a las cartas, la noche después del nacimiento de tu hijo te buscare, donde quiera que te escondas y te llevare conmigo ─y dicho esto se alejo.
    El hombre se quedo muy preocupado y con mucho miedo, no siempre se habla con la muerte. En lugar de irse a su trabajo, se adentró en lo más profundo del bosque, donde decían que vivía un brujo muy pero que muy viejo, aunque nadie le había visto nunca. Cuando, ya, cansado de buscarle sin conseguir dar con él, se disponía a irse a su casa, el anciano le preguntó.
    ─¿Me buscas a mí?
    ─Sí.
    ─¿Para que me buscas?
    El hombre le explico su problema y le pidió ayuda para burlar a la de la guadaña.
    ─Sólo hay una manera de hacerlo, pero tienes que ser más astuto que ella. Hay un prado con la hierba muy alta y un segador que no puede salir de él hasta que no consiga segarla toda, pero la hierba crece tan deprisa que cuando consigue segar una hilada la anterior ya está alta, otra manera de salir es que otro u otra coja la guadaña, pero eso también lo sabe la muerte. Yo te indicare como puedes llegar.
    A la mañana siguiente de nacer su hijo el hombre le dijo a su mujer.
    ─Voy a salir, estaré fuera todo el día y quizás también toda la noche, no te preocupes es sólo un asunto que tengo que resolver, a mi vuelta te lo cuento.
    Cuando la muerte fue a buscarlo lo encontró segando en el prado, muy enfadada le reprocho su actitud.
    ─Te dije que no intentases engañarme.
   ─Y no lo hago ─contesto él─ pero quise dejar a alguien para que cuide de mi familia y el hombre que estaba segando lo hará a cambio de su libertad. Yo ya estoy dispuesto para irme contigo, pero me gustaría jugar una última partida a las cartas, si tú quieres.
    ─Está bien ─dijo la muerte.
    Ella echo su capa sobre la hierba para que no les molestara al crecer y comenzaron a jugar, alumbrándose con un viejo candil. Poco antes de que amaneciese la muerte dijo.
    ─Se ha terminado el plazo ─recogió su capa y la guadaña y ordeno─ ¡Acompáñame!
    ─Esta vez te vas a quedar segando ─contesto él─ has cogido la guadaña equivocada. Aquí te has de quedar hasta que otro la coja.
    Y allí se quedo la muerte sin poder llevarse a nadie más.
    ─Y si ella no puede llevarse a nadie ¿Por qué se sigue muriendo la gente? Le preguntó, uno de los niños, a Rosalía.
    ─Porque después de muchos años las personas se hacían muy viejas, muy viejas y no se podían morir y como los niños seguían naciendo, ya casi no cabían en el mundo. Entonces el hombre fue al prado y libero a la muerte.

sábado, 21 de marzo de 2009

Lo ocurrido a Rosa





    En la aldea se respiraba la tragedia, el lobo había atacado a las ovejas y a una pastorcilla no se la encontraba.    
  Cuando los lobos atacaban a las ovejas, normalmente los pastores se comunicaban entre si y con la ayuda de los perros lograban ahuyentarlos, a lo más conseguían matar alguna pieza que se quedaba retrasada o separada del resto, sólo atacaban a las cabras y ovejas y en muy raras ocasiones a las vacas cuando tenían terneros recién nacidos (a veces parían en el campo)
    En esta ocasión pillaron por sorpresa a los pastores, cuando consiguieron espantarlos estos habían conseguido matar a tres ovejas y herir a dos, llevarse a otras dos y a una cordera a la que la pastora tenia un cariño especial, la llamaba Xusa y no se separaba de ella. Los hombres de la aldea rastrearon el monte y en vista de que no la encontraban y que la noche se les venia encima, optaron por dejar la búsqueda para el día siguiente.
    Mientras tanto, en el pueblo, Rosalía se había encerrado en la cuadra con los animales atacados. La madre de la pastora le había pedido:
    ─¡Por Dios Rosalía, salva a mi hija!
    A lo que está contestó.
    ─Vere que puedo hacer.
    Cuando salió, después de que los hombres regresaran con las manos vacías, les dijo que la pequeña estaba bien, que venia de camino, pero que no salieran a su encuentro que la dejasen llegar sola, que aún tardaría un poco. La madre de Rosa, que así se llamaba la niña (los pastores eran niños o niñas de entre nueve y catorce años o viejos a los que las tareas del campo se les hacían demasiado pesadas) quería salir, pero Rosalía le dijo algo al oído y ésta se tranquilizo un poco.
    Trascurrida una hora escasa vieron a la chiquilla que venia andando con la cordera en sus brazos, Rosa tenía sólo diez años y la oveja pesaba demasiado como para que pudiese con ella y aún así la traía con el vientre apoyado en sus brazos extendidos con las palmas de las manos hacia arriba, como si lo que portaba fuese una toalla o algo parecido, caminaba a su paso y no se la notaba cansada.
    Rosalía salió a su encuentro y cuando estuvo a su altura la pequeña le dijo:
    ─No pesa nada.
    A lo que Rosalía contestó.
    ─Lo se, él te está ayudando. Entra a la cuadra con Xusa y déjala encima del montón de paja limpia que he puesto en el rincón. ─y dirigiéndose a la madre de Rosa le pidió ─Tráeme trapos viejos y limpios, hay que curar a este animal.
    La oveja curo de sus heridas. En cuanto a lo sucedido, Rosa recordaba que cuando vio que el lobo se llevaba arrastras a su cordera, ella, salio detrás de él, cuando la fiera se paro, soltó la pieza, la miro y parecía que se proponía atacarla, cuando de la nada apareció un hombre alto, con barba larga y pelo largo y vestido con ropas parecidas a las de los curas, se puso en medio del lobo y ella, cogió a la cordera, me dijo que extendiese los brazos y me la puso encima. “Llévala a casa que la curen” me dijo y la cordera no pesaba nada y yo no me cansaba al andar.
    ¿Fue San Antonio de Abad? Nunca lo sabremos.

lunes, 23 de febrero de 2009

La enfermadad de su hija


    A los tres meses de nacer Lucía, cuando aún la nieve cubría el pueblo impidiendo la salida de sus habitantes, ésta dejó de mamar, Rosalía intentó alimentarla por todos los medios a su alcance, sin conseguirlo, apenas lograba introducirle algún alimento, la niña lo vomitaba. La pequeña perdía peso y se debilitaba, además no dejaba de llorar, pero no era el llanto propio de un bebé si no algo intermedio entre el aullido de un perro y el maullido de una gata en celo, algo que nadie había oído hasta estonces. Los vecinos decían que, a la niña, alguien le había echado el mal de ojo, Rosalía no decía nada, pero en la madrugada del cuarto día preparo a la criatura, abrigándola al máximo, ensillo a Paciente (el percherón) cargo en una pequeña bolsa frutos secos y una cantimplora de agua, su marido se despertó y al ver a su mujer y a su hija vestidas para salir le dijo:
    ─ ¿Qué pasa, adónde pretendes ir? El camino está cortado por la nieve y puede que haya habido algún desprendimiento, en estas circunstancias ni tú ni nadie puede salir.
     A lo que Rosalía le contestó:
    ─ Habla por ti, yo voy a llevar a mi hija con quien la puede curar. ¡No intentes detenerme! ─ dijo ella rotunda.
    ─ ¿Y qué se supone que tengo que hacer yo, dejar que os muráis despeñadas por el camino o que os ataquen los lobos? Con la nieve salen a buscar comida y atacan a cualquier cosa que se mueva. ¡No voy a permitirlo!
    Rosalía le mira a los ojos y con voz tranquila pero resuelta, más que contestarle le informa:
    ─ Tú, según yo lo veo, sólo tienes dos opciones, te preparas, ensillas a Impaciente y nos acompañas o te quedas a esperarnos en casa. Tu hija, si se queda se muere y a mí no me puedes prohibir que intente salvarla.
    ─ Te acompaño, pero ¿qué pasa con los otros dos, los vamos a dejar solos?
    ─ No, de paso avisamos a Manuela para que venga a cuidar de ellos.
    Mientras que su marido se vestía, ella se puso una especie de bolsa que tenia dos cintas cosidas a los extremos de la base y otras dos más cortas en el borde superior, se ató la bolsa a la cintura cruzando las cintas por detrás y atándolas delante, procurando coger el borde inferior de la improvisada mochila, metió a su hija dentro colocándola lo más cómoda posible y por último se anudo las otras dos cintas al cuello.
     Después de avisar a Manuela, reanudaron el viaje, ella, con la niña pegada a su corazón, montaba a Paciente, un percherón tranquilo y pesado, más propio para tirar del carro que para llevar montura y él sobre Impaciente, un ejemplar esbelto fibroso, inquieto, digno de pertenecer a las mejores caballerizas de competición.
    Manuela, viéndoles partir, recordó el cuadro de la iglesia en el que se podía ver a San José y la Virgen María con el Niño, escapando de Herodes. En el cuadro, la virgen iba en burra y José andando, pero aún así se los recordaba.

    ─ Deja al caballo suelto, no tires de las riendas, él nos guiara ─ le decía Rosalía a su esposo que iba por delante.
    Contra su costumbre Impaciente marchaba al paso teniendo cuidado de donde apoyaba las patas. Tardaron tres veces más de lo normal en llegar, pero milagrosamente no sufrieron ningún contratiempo.
    Al llegar al pueblo, Jesús, el marido de Rosalía, quiso dirigirse a la casa del médico pero el caballo no le obedecía.
    ─ Deja al animal, ─le dijo su mujer─ él sabe donde nos tiene que llevar.
    Al llegar a la puerta de la iglesia impaciente se detuvo y los viajeros desmontaron y pasaron dentro, en busca del cura que estaba en la sacristía.
    Al verlos, el cura, quiso saber por qué estaban allí y como habían podido salir del pueblo a pesar de la nieve.
    Por toda respuesta, Rosalía le mostró a la niña que seguía con su extraña llantina, aunque más tenue, amortiguada por el cansancio y la debilidad.
    ─ No se que puedo hacer por ella, a no ser bautizarla darle la extremaunción y enterrarla, se ve que durará poco.
    ─ No, ─contesto firme María ─ lo que tiene que hacer es; bautizarla y leerle los Evangelios en voz alta, clara y sin equivocarse, de forma que yo pueda oírle desde la entrada de la iglesia. Se que se le ha muerto el caballo, le daremos el dinero para que se compre otro.
    Jesús se quedo con la criatura y el cura, Rosalía salió fuera, a siete pasos de la puerta. Desde su puesto escucho con atención al sacerdote que leyó, sin equivocarse, hasta la última palabra. Luego entro recogió a su hija la volvió a meter dentro de la bolsa junto a su pecho, Jesús le entregó el dinero al párroco y emprendieron el regreso a su casa.
    ─ ¿No sería mejor que esperásemos en la fonda hasta mañana? No tardara en anochecer y si ya es un milagro que no nos pasara nada de día, imagínate de noche. ─le había dicho su marido, a lo que ella contestó:
    ─ Tenemos que salir de inmediato.

    A la mitad del camino en la ladera de un monte había una roca de grandes dimensiones que los que entraban y salían del pueblo la utilizaban para comer y descansar, la peña sobresalía del terreno y se apoyaba a los lados sobre el desnivel a modo de porche. Era de noche cerrada cuando los viajeros llegaron al lugar, el hueco era lo suficientemente grande como para que cupieran, holgadamente, las bestias y ellos.
    ─ Pasaremos el resto de la noche aquí, por la mañana seguiremos. ─dijó Rosalía, a lo que su marido contestó.
    ─ No se que será peor, si seguir caminando a ciegas o pararnos a dormir, a merced del frío y de los lobos.
   ─El frío no es problema, los animales nos darán el calor suficiente, en cuanto a los lobos, no te preocupes alguien lo está haciendo por ti.
   ─ Cuando decidí casarme contigo mi madre me dijo que no me casaba con una mujer normal y yo le conteste que eso era lo que más me atraía de ti, no quería una mujer previsible, pero a veces, como ahora, desearía que fueses como las demás, sin ningún don especial, claro que entonces ya no serias tú y no te querría tanto. Dime ¿cómo sabías que el caballo del cura se había muerto?
    ─ Eso no tiene mayor misterio, todos los viernes se va a ver a su madre, llueva o haga sol, este viernes estaba en la iglesia, el caballo era, ya, muy viejo, así que supuse que había muerto, si me equivocaba no pasaba nada, lo mismo le hubiese ofrecido el dinero, argumentando que se podía morir en cualquier momento y si acertaba, como así ha sido, él podía pensar que si es verdad que tengo poderes y que era mejor complacerme por si acaso.
    El llanto de la niña interrumpió la conversación, esta vez era el llanto normal de un bebé reclamando su alimento. Rosalía la puso al pecho y la criatura se puso a mamar con normalidad. Al amanecer reemprendieron el regreso a su casa, donde llegaron sin contratiempo y con su hija sana.

    El caso no paso desapercibido, pero según quien lo contaba, le daba una explicación distinta; para el médico, que no había visto a la criatura, la niña no estaba enferma, para el clérigo, que sí la vio, fue un milagro del Señor, en la aldea todos coincidían, a la pequeña alguien le había hecho “mal de ojo”

miércoles, 4 de febrero de 2009

En torno al nacimiento de su hija Lucía


    Por entonces Rosalía vivía en una aldea pérdida entre montañas, donde los inviernos eran largos y fríos, quedarse incomunicados era algo habitual, por lo que sus habitantes, siguiendo el ejemplo de las hormigas, llenaban la despensa y el granero de comida para ellos y los animales, tampoco faltaba una buena reserva de leña seca en el zaguán, que les permitía cocinar y mantener las casas caliente.
     Para salir de la aldea seguían un camino de tierra de la anchura de un carro, que serpenteaba entre las montañas y donde la nieve solía alcanzar más de un metro de altura.
    En la aldea se componía de dos casas grandes que se repartían casi la totalidad de las tierras y otras doce poco más grandes que chavolas, que a lo más tenían un pequeño huerto donde la cosecha era insignificante, sus ocupantes vivían al amparo de los dueños de las casas fuertes y de los trabajos que desempeñaban en los pueblos vecinos. Tampoco era fácil la vida de los “ricos” como les llamaban a los dueños de las tierras, trabajaban de sol a sol en el campo y con el ganado, aunque contaban con gente que les ayudaban a cambio de un pequeño jornal o en pago a favores recibidos, como prestarles dinero para emergencias que unos devolvían con intereses, como si de un banco se tratase o bien trabajando para ellos hasta saldar la deuda. Tenían suerte si al final de un buen año les quedaba para pagar al maestro, al medico y guardar algo para el siguiente, en prevención de una mala cosecha o enfermedad del ganado.
    Para ir a misa, al médico, o comprar algo, cualquier cosa que les hiciese falta, tenían que ir al pueblo que estaba a veinte kilómetros de distancia. El pueblo era cabecera de comarca y contaba con un cuartel de La Benemérita, la consulta de un médico, una iglesia, el cementerio, la escuela, el juzgado y un establecimiento que era a la vez: posada, taberna, tienda donde se vendían toda clase mercancías y farmacia.

    Rosalía estaba en su octavo mes de embarazo, cuando dos comadres del pueblo se enzarzaron en una disputa, pretendían asistir a Rosalía en el parto, pero ninguna de las dos quería la compañía de la otra.
    Normalmente las mujeres daban a luz en sus casas asistidas por las mujeres de su familia o por una comadrona sin titilación (una mujer del mismo pueblo, o de otro que se daba maña en ese menester) y que se le pagaba en especies, algo de lo que producía la tierra o se fabricaba artesanalmente en las casas. 

    Donde vivía Rosalía ella era la encargada de ayudar a las madres a dar a luz, también acudía cuando la llamaban porque alguna vaca, oveja o cualquier otro animal tenia dificultades con el parto.
   Rosalía sólo tenía dos criaturas pequeñas y a su marido y los maridos no suelen ser buenos para estas cosas.
    Las comadres eran hermanas y dos buenas personas pero rivalizaban en todo lo que hacían, cada una quería estar siempre por encima de la otra. Rosalía no quería hacer de menos a ninguna de las dos, en realidad nunca ofendía a nadie si podía evitarlo.
    En los otros dos partos la asistió la madre de ellas, pero hacia tres meses que la habían dado sepultura. Cuando Rosalía se noto los primeros síntomas del parto, mandó a su marido al pueblo grande (el que era cabecera de comarca) con la recomendación de que no dijese nada “Si alguien te pregunta le dices que vas a cualquier otra cosa que no sea a traer al doctor. No quiero que las hijas de la difunta Vicenta se presenten aquí. ¡Date prisa en volver!”
    El hombre engancho el percherón al carro e inicio el camino por entre las montañas. El cielo estaba gris y los primeros copos de nieve no tardaron en hacer acto de presencia, la tormenta arreciaba y la nieve cuajaba haciendo que los viajeros tuviesen que aminorar la marcha, por lo que el viaje les llevo más tiempo de lo previsto. Cuando llegaron a su destino pasaba más de una hora del mediodía. En la casa del médico le dijeron que éste había salido a una urgencia a otro pueblo cercano. El marido de Rosalía espero, hasta el ángelus, cuando el doctor llego dijo que el no tenia ningún inconveniente en ir, pero que tendría que ser al día siguiente, debido al espesor de la nieve que seguía cayendo sin pausa, era extraordinariamente peligroso recorrer el camino de noche. Hicieron falta algo más que razones para retener al marido de Rosalía, esa noche en el pueblo, pero al fin accedió a salir al amanecer. Cuando llegaron, a lomos de dos caballos, a la casa, Rosalía les esperaba, con su hijo Damián de cuatro años, su hija Elisa de dos y la recién nacida que llevaría por nombre Lucía, en su cama. El ganado no estaba atendido pero los niños y ella sí y en la lumbre se consumían dos gruesos troncos, sobre dos trébedes, al amor de la lumbre, cocían, en un perol patatas, verdura y carne de cerdo, en el otro una gallina pelada y limpia. La casa constaba de dos plantas, el zaguán, donde se apilaba la leña, daba paso, a trabes de una gruesa puerta de roble, a una estancia rectangular de cuatro por doce metros, que tenia en una de sus esquinas una cocina de fuego bajo con chimenea, al fondo la puerta que daba paso a la cuadra ( esta puerta sólo era utilizada por las personas para acceder a la cuadra sin tener que rodear la casa y pasar por el portalón por donde entraban y salían los animales a sus aposentos) al lado de dicha puerta, una escalera permitía subir a un balcón corrido o corredor con barandilla de madera daba paso a los cuatro dormitorios situados encima de la cuadra. Por la estancia estaban repartidos según su uso los muebles y enseres necesarios para la vida diaria. El tejado era a dos aguas, una vertiente cobijaba los dormitorios y la otra bajaba en pendiente, desde la cumbre hasta la altura de un piso, cubriendo la sala-cocina-despensa.
     El marido quiso saber quien la había asistido en el parto, Damián dijo que la abuela Vicenta les había dado de cenar que les metió en la cama y que a la mañana les llevo a los dos al cuarto de su madre para que viesen a su hermanita y que les subió el desayuno a los tres. Como lo que decía Damián era imposible y ni los niños ni Rosalía podían haberlo hecho, le pidió a Rosalía que se explicase, ella por toda respuesta dijo: “ninguna persona viva de aquí ni de los alrededores vino” y se negó a seguir hablando del tema.
    Nunca se supo que fue lo que paso esa noche en casa de Rosalía, pero su hijo siempre mantuvo que Vicenta pasó esa noche con ellos. ¿En verdad regreso la difunta? ¿Fue un sueño del niño?

lunes, 22 de diciembre de 2008

Sucesos ilógicos

Algo de su infancia


Apenas tenía tres años cuando una terrible enfermedad se adueño del pueblo donde vivía, durante el tiempo que duro su azote, era rara la casa que se libraba de la presencia de las autoridades, en espera de que alguno de sus hijos pequeños exhalaran su último suspiro para arrebatárselos de sus brazos y llevarlos camino del cementerio por miedo al contagio. Todos los vecinos estaban obligados a notificar, en el ayuntamiento, su desgracia, en el caso de que alguno de sus hijos contrajera la enfermedad. Corrían, por el pueblo, rumores de que en algunos casos, no esperaban a que el infante muriese para sacarlo de la casa, se lo llevaban antes de agonizar.

Rosalía cayó enferma, cuando el medico la examino les dijo a sus padres que se preparasen para lo peor. Cuando la niña parecía que ya estaba muerta y se la iban a llevar, su madre pidió unos minutos, para hacer un último intento para sanarla; hizo un hisopo con algodón en rama, desinfecto una aguja de tejer con aguardiente y se la metió a la pequeña por la garganta hasta reventarle la angina que le obstruía el paso del aire, seguido limpio la herida con el hisopo impregnado en aguardiente. Los allí presentes no daban crédito a lo que veían. Cuando termino, uno de los guardias la acuso de haber matado a su hija, a lo que la madre de Rosalía contestó.

Ella me pidió que lo hiciera, y de todos modos ustedes se la hubiesen llevado.

Antes de que los presentes pudieran responder, la criatura rompió a llorar, por lo que los guardias optaron por avisar al medico y al cura.

El galeno dijo que él había examinado a la niña unas horas antes y que la había desahuciado, no entendía como estaba viva, y que lo que hizo la madre sólo serviría para alargar su agonía. El párroco por su parte, viéndola tomarse un vaso de leche, sentenció que Dios había hecho un milagro.

Fuere como fuera, la gente comenzó a comentar, a media voz, que algo sobrenatural había acontecido ese día en casa de Rosalía, pues nadie salvo su madre había oído que la niña dijese nada, como aseguraba ésta, una y otra vez, pero todos coincidían en que a pesar de estar la lumbre encendida, les invadió un frío glacial que les mantuvo inmóviles hasta que la madre termino.

Hay quien dice que desde ese momento, Rosalía hacia y decía, cosas muy raras.

¿Superstición o milagro? Quien sabe…




Germana Fernández




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