
Hoy os voy a contar algo distinto de Rosalía, es que Rosalía no sólo era una mujer con extraños poderes, también era cercana, cariñosa, llana.
En la época invernal, cuando la inclemencia del tiempo no permitía realizar trabajos fuera de la casa, los habitantes del pueblo, hacían o arreglan herramientas, desgranaban el maíz, en fin, realizaban un sin fin de cosas que no pudieron hacer durante el resto del año. En el pueblo de Rosalía, como en otros muchos pueblos, los vecinos tenían la costumbre de reunirse por las tardes, una o dos veces a la semana, varias familias en una misma casa, se sentaban en torno a la lumbre a merendar, cada uno, según sus posibilidades, llevaba algo de comer, el que no podía no llevaba nada, pero era tan bien recibido como los demás. Además de merendar aprovechaban para planificar los trabajos que concernían a todos los habitantes de la aldea como; arreglar acequias, limpieza de los montes, rotación del pastoreo…, jugaban a las cartas, contaban historias, inventadas o no, los más viejos contaban anécdotas de su juventud y las mujeres tejían o cosían.
Las visitas de Rosalía no solían llevar nada hecho, el que podía llevaba harina, huevos, azúcar, manteca. El motivo era que Rosalía tenía una muy buena mano para la cocina, en especial para los postres. Cuando ella amasaba y cocía el pan, aproximadamente cada quince días, los más pequeños sabían que podían ir a buscar su panecillo dulce, los más mayorcitos su pan con chorizo (un panecillo que se cocía en el horno con un chorizo en sus entrañas) tampoco faltaban los panecillos de trigo para Eduviges, una anciana que por su edad y el mal estado de su boca, no podía masticar bien el resto del pan, normalmente se hacia mezclando dos partes de harina de centeno con una de trigo, el resultado era un pan menos esponjoso y más consistente, de tacto un poco áspero que se conservaba bien, otra de las razones por las que se hacia así, era porque el centeno se daba mejor en esa zona, triplicando la cosecha del trigo con la misma cantidad de simiente y el mismo espacio de terreno. En las reuniones de Rosalía se servían una especie de torta muy, muy fina hecha con leche, harina de trigo y huevos, que se solía comer untada de mermelada, miel o solas
Mientras merendaban, los niños se arremolinaban en toro a Rosalía y le pedían que les contase algún cuento o que jugase con ellos a las adivinanzas. En una de esas tardes, ella, nos contó una historia, no se si inventada, oída o cierta, en todo caso a mí me impresiono mucho, hasta el punto de no poder olvidarla, quizás porque la asocie con un lugar en concreto y cada vez que pasaba cerca creía ver a los personajes.
─Esto era ─comenzó a contar Rolalía─ un hombre que tenía una mujer muy hermosa que le iba a dar un hijo en unos pocos días. Una mañana al salir de casa, este hombre se encontró con la muerte que le dijo.
─He venido a llevarme a tu mujer, déjame entrar
A lo que él contestó, cerrando la puerta.
─No, llévame a mí en su lugar, pero antes espera unos días a que nazca mi hijo, no quiero morir sin conocerle.
La muerte que se aburre un montón, siempre está sola, nadie quiere estar con ella y es que el que la acompaña se muere, aceptó advirtiéndole.
─No trates de engañarme, nunca nadie lo ha conseguido. Vendré a verte todas las noches después de que tu mujer se duerma y jugaremos un rato a las cartas, la noche después del nacimiento de tu hijo te buscare, donde quiera que te escondas y te llevare conmigo ─y dicho esto se alejo.
El hombre se quedo muy preocupado y con mucho miedo, no siempre se habla con la muerte. En lugar de irse a su trabajo, se adentró en lo más profundo del bosque, donde decían que vivía un brujo muy pero que muy viejo, aunque nadie le había visto nunca. Cuando, ya, cansado de buscarle sin conseguir dar con él, se disponía a irse a su casa, el anciano le preguntó.
─¿Me buscas a mí?
─Sí.
─¿Para que me buscas?
El hombre le explico su problema y le pidió ayuda para burlar a la de la guadaña.
─Sólo hay una manera de hacerlo, pero tienes que ser más astuto que ella. Hay un prado con la hierba muy alta y un segador que no puede salir de él hasta que no consiga segarla toda, pero la hierba crece tan deprisa que cuando consigue segar una hilada la anterior ya está alta, otra manera de salir es que otro u otra coja la guadaña, pero eso también lo sabe la muerte. Yo te indicare como puedes llegar.
A la mañana siguiente de nacer su hijo el hombre le dijo a su mujer.
─Voy a salir, estaré fuera todo el día y quizás también toda la noche, no te preocupes es sólo un asunto que tengo que resolver, a mi vuelta te lo cuento.
Cuando la muerte fue a buscarlo lo encontró segando en el prado, muy enfadada le reprocho su actitud.
─Te dije que no intentases engañarme.
─Y no lo hago ─contesto él─ pero quise dejar a alguien para que cuide de mi familia y el hombre que estaba segando lo hará a cambio de su libertad. Yo ya estoy dispuesto para irme contigo, pero me gustaría jugar una última partida a las cartas, si tú quieres.
─Está bien ─dijo la muerte.
Ella echo su capa sobre la hierba para que no les molestara al crecer y comenzaron a jugar, alumbrándose con un viejo candil. Poco antes de que amaneciese la muerte dijo.
─Se ha terminado el plazo ─recogió su capa y la guadaña y ordeno─ ¡Acompáñame!
─Esta vez te vas a quedar segando ─contesto él─ has cogido la guadaña equivocada. Aquí te has de quedar hasta que otro la coja.
Y allí se quedo la muerte sin poder llevarse a nadie más.
─Y si ella no puede llevarse a nadie ¿Por qué se sigue muriendo la gente? Le preguntó, uno de los niños, a Rosalía.
─Porque después de muchos años las personas se hacían muy viejas, muy viejas y no se podían morir y como los niños seguían naciendo, ya casi no cabían en el mundo. Entonces el hombre fue al prado y libero a la muerte.
En la época invernal, cuando la inclemencia del tiempo no permitía realizar trabajos fuera de la casa, los habitantes del pueblo, hacían o arreglan herramientas, desgranaban el maíz, en fin, realizaban un sin fin de cosas que no pudieron hacer durante el resto del año. En el pueblo de Rosalía, como en otros muchos pueblos, los vecinos tenían la costumbre de reunirse por las tardes, una o dos veces a la semana, varias familias en una misma casa, se sentaban en torno a la lumbre a merendar, cada uno, según sus posibilidades, llevaba algo de comer, el que no podía no llevaba nada, pero era tan bien recibido como los demás. Además de merendar aprovechaban para planificar los trabajos que concernían a todos los habitantes de la aldea como; arreglar acequias, limpieza de los montes, rotación del pastoreo…, jugaban a las cartas, contaban historias, inventadas o no, los más viejos contaban anécdotas de su juventud y las mujeres tejían o cosían.
Las visitas de Rosalía no solían llevar nada hecho, el que podía llevaba harina, huevos, azúcar, manteca. El motivo era que Rosalía tenía una muy buena mano para la cocina, en especial para los postres. Cuando ella amasaba y cocía el pan, aproximadamente cada quince días, los más pequeños sabían que podían ir a buscar su panecillo dulce, los más mayorcitos su pan con chorizo (un panecillo que se cocía en el horno con un chorizo en sus entrañas) tampoco faltaban los panecillos de trigo para Eduviges, una anciana que por su edad y el mal estado de su boca, no podía masticar bien el resto del pan, normalmente se hacia mezclando dos partes de harina de centeno con una de trigo, el resultado era un pan menos esponjoso y más consistente, de tacto un poco áspero que se conservaba bien, otra de las razones por las que se hacia así, era porque el centeno se daba mejor en esa zona, triplicando la cosecha del trigo con la misma cantidad de simiente y el mismo espacio de terreno. En las reuniones de Rosalía se servían una especie de torta muy, muy fina hecha con leche, harina de trigo y huevos, que se solía comer untada de mermelada, miel o solas
Mientras merendaban, los niños se arremolinaban en toro a Rosalía y le pedían que les contase algún cuento o que jugase con ellos a las adivinanzas. En una de esas tardes, ella, nos contó una historia, no se si inventada, oída o cierta, en todo caso a mí me impresiono mucho, hasta el punto de no poder olvidarla, quizás porque la asocie con un lugar en concreto y cada vez que pasaba cerca creía ver a los personajes.
─Esto era ─comenzó a contar Rolalía─ un hombre que tenía una mujer muy hermosa que le iba a dar un hijo en unos pocos días. Una mañana al salir de casa, este hombre se encontró con la muerte que le dijo.
─He venido a llevarme a tu mujer, déjame entrar
A lo que él contestó, cerrando la puerta.
─No, llévame a mí en su lugar, pero antes espera unos días a que nazca mi hijo, no quiero morir sin conocerle.
La muerte que se aburre un montón, siempre está sola, nadie quiere estar con ella y es que el que la acompaña se muere, aceptó advirtiéndole.
─No trates de engañarme, nunca nadie lo ha conseguido. Vendré a verte todas las noches después de que tu mujer se duerma y jugaremos un rato a las cartas, la noche después del nacimiento de tu hijo te buscare, donde quiera que te escondas y te llevare conmigo ─y dicho esto se alejo.
El hombre se quedo muy preocupado y con mucho miedo, no siempre se habla con la muerte. En lugar de irse a su trabajo, se adentró en lo más profundo del bosque, donde decían que vivía un brujo muy pero que muy viejo, aunque nadie le había visto nunca. Cuando, ya, cansado de buscarle sin conseguir dar con él, se disponía a irse a su casa, el anciano le preguntó.
─¿Me buscas a mí?
─Sí.
─¿Para que me buscas?
El hombre le explico su problema y le pidió ayuda para burlar a la de la guadaña.
─Sólo hay una manera de hacerlo, pero tienes que ser más astuto que ella. Hay un prado con la hierba muy alta y un segador que no puede salir de él hasta que no consiga segarla toda, pero la hierba crece tan deprisa que cuando consigue segar una hilada la anterior ya está alta, otra manera de salir es que otro u otra coja la guadaña, pero eso también lo sabe la muerte. Yo te indicare como puedes llegar.
A la mañana siguiente de nacer su hijo el hombre le dijo a su mujer.
─Voy a salir, estaré fuera todo el día y quizás también toda la noche, no te preocupes es sólo un asunto que tengo que resolver, a mi vuelta te lo cuento.
Cuando la muerte fue a buscarlo lo encontró segando en el prado, muy enfadada le reprocho su actitud.
─Te dije que no intentases engañarme.
─Y no lo hago ─contesto él─ pero quise dejar a alguien para que cuide de mi familia y el hombre que estaba segando lo hará a cambio de su libertad. Yo ya estoy dispuesto para irme contigo, pero me gustaría jugar una última partida a las cartas, si tú quieres.
─Está bien ─dijo la muerte.
Ella echo su capa sobre la hierba para que no les molestara al crecer y comenzaron a jugar, alumbrándose con un viejo candil. Poco antes de que amaneciese la muerte dijo.
─Se ha terminado el plazo ─recogió su capa y la guadaña y ordeno─ ¡Acompáñame!
─Esta vez te vas a quedar segando ─contesto él─ has cogido la guadaña equivocada. Aquí te has de quedar hasta que otro la coja.
Y allí se quedo la muerte sin poder llevarse a nadie más.
─Y si ella no puede llevarse a nadie ¿Por qué se sigue muriendo la gente? Le preguntó, uno de los niños, a Rosalía.
─Porque después de muchos años las personas se hacían muy viejas, muy viejas y no se podían morir y como los niños seguían naciendo, ya casi no cabían en el mundo. Entonces el hombre fue al prado y libero a la muerte.
De estos relatos tienen que salir guiones para peliculas.
ResponderEliminarMandalos a alguna editorial que estoy segura que te los publican.
GENIAL¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡