domingo, 5 de julio de 2009

La muerte de su madre


Lo que os voy a contar fue un suceso que mantuvo en jaque a toda la comarca por mucho tiempo. Tanta expectación suscito que hizo que hasta el mismo obispado interviniera, mandando una comisión para que investigase, por si había algún caso de brujería o endemoniados, tan dados en estos pueblos, más o menos, aislados.

La cosa empezó cuando en pleno invierno y rodeados de nieve, Rosalía comento con su marido que su madre, la de ella, se estaba muriendo y quería verla. La madre de Rosalía vivía, con su otra hija, en una capital de provincia, a dos días en tren, además del tiempo que se tardaba en ir, desde el pueblo de Rosalía, hasta la estación del ferrocarril, en total unos tres días para ir y otros tres para volver, sin contar que no se podía salir del pueblo, porque estaban incomunicados, pero ese era un pequeño detalle que para Rosalía, como ya hemos podido comprobar, carecía de importancia.


Rosalía se encerró en su alcoba y le pidió a su esposo que cuidase de los niños y la casa y que bajo ningún concepto entrase nadie en su cuarto, hasta que ella saliese, que si alguien venia preguntando por ella que le dijese que no se encontraba bien y que se había tomado unas hierbas para dormir, no obstante, echo la llave por dentro. No salió del dormitorio desde las ocho de la mañana de ese día, hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Cuando Rosalía bajo a la cocina, los niños aún no se habían levantado y Jesús dormitaba echado sobre unos cojines al calor de la lumbre. Rosalía le dijo con voz suave.
─Despierta mi amor, ya estoy aquí. ¿Ha venido alguien?
─Sí, Guillermo, el cojo, a por miel, pregunto por ti y le dije que estabas ocupada, le di la miel y se fue. ¿Qué es eso? ─le pregunto al reparar en lo que traía en las manos.
─El cuadro que nos pinto el Sr. Ambrosio, a mi hermana y a mí, junto con nuestros padres, cuando éramos pequeñas y las cartas que mi padre nos escribió mientras estuvo en ultramar.
─Pero eso lo guardaba tu madre. ─dijo él sorprendido, mientras un escalofrio sacudia su cuerpo al creer ver que su suegra le sonreia desde el cuadro


─Sí, ella me lo ha dado ─contestó Rosalía como la cosa más natural─ sabia que yo lo he de guardar bien. Se ha ido en paz.
Jesús, hacia mucho tiempo que había desistido de hacer preguntas, aceptaba el comportamiento de su mujer, como aceptaba el agua de la lluvia cuando empapa los campos o la nieve que extiende su frío manto cubriéndolo todo, era algo natural que no se podía cambiar.


La cosa no hubiese tenido mayor transcendencia, si no hubiese sido porque a la primavera siguiente, su hermana se presento en el pueblo acompañada de su marido y sus dos hijos, para hacerle entrega de la parte de la herencia que le correspondía.

─(…) como te fuiste tan rápida, apenas mamá expiro, no me dio tiempo a decirte que ella dejo dicho que tú heredabas el dinero que tenia en el banco y yo, la casa con todo lo que guarda dentro, menos el cuadro que pinto el Sr. Ambrosio que ya te lo trajiste, el dinero te lo traigo yo, porque mamá lo saco cuando enfermo y el medico le dijo que le quedaba poco tiempo. No quería que el estado se quedase con una parte.


La noticia de que Rosalía asistió a su madre en el lecho de muerte, fue motivo de confrontación entre los vecinos del pueblo, los familiares y gente de la capital, entre ellos el médico y el cura que atendieron a su madre, los unos decían que Rosalía no había salido del pueblo en todo el invierno y los otros aseguraban, por lo más sagrado, que la mujer no se movió del lado de su madre, durante las veinticuatro horas que duro su agonía.
Como no encontraron a nadie que la hubiese visto ni en la estación ni en el tren, ni mucho menos entrando o saliendo de casa de su madre y si se le preguntaba a la interesada, ella, siempre respondía.
─Yo, en cada momento, he estado donde tenía que estar.─y no añadía ni una palabra más.
Cuando se les llamó a declarar al medico y al cura, de la capital, estos no recordaban nada, a la Iglesia no le quedo más remedio que archivar el caso. Aunque hay quien asegura que cuando salieron del obispado, volvieron a recobrar la memoria, pero sólo admitían haber visto a Rosalía, en privado y con gente de mucha confianza.


lunes, 22 de junio de 2009

El niño de San Roque


   Todo ocurrió en la comarca de Rosalía, hace ya muchos años, fue un caso que, por lo extraño, tuvo en vilo a toda la zona.

   Cuentan los más viejos que les contaban sus abuelos, que apareció un día en la puerta de la iglesia, un niño con el pelo ensortijado y tan rubio que sus rizos parecían rayos de sol, calzaba unas sandalias de piel de cabra y por vestido una especie de túnica sin mangas, confeccionada con la piel de un borrego y atada con una tira de cuero en la cintura.

Ese año una peste, casi, había acabado con las vacas, las cabras y las ovejas, también había mermado considerablemente a los demás animales. Las patatas, el trigo y el resto de la cosecha se mostraron racanos y sólo dieron un tercio de su producción. Entrado el otoño la gente se preparaba para pasar penurias y hambre. La presencia del chiquillo vino a complicar aún más las cosas. Tendría unos cuatro años y parecía no entender lo que se le decía, tampoco los lugareños le entendían a él. Llegando a este punto los vecinos se hacían mil y una preguntas sin hallar respuestas lógicas, había comentarios para todos los gustos, desde que podía haber sido abandonado por alguno de los muchos viajeros que cruzaban la comarca, hasta que era la reencarnación del niño que acompañaba a San Roque en las imágenes que se mostraban en la ermita o bien podía ser el demonio al que se refería el párroco desde el pulpito. Así las cosas nadie se atrevía a hacerse cargo de la criatura, que seguía resguardado en el pórtico de la iglesia, sin querer entrar a pesar del frío.

   Matilde, una anciana a la que le mataron el hijo en una de las muchas contiendas, sin prestar oídos a los comentarios de sus vecinos, trató de llevárselo a su casa, pero el niño se negó, ante lo cual la mujer le llevó ropa de abrigo, una manta y un poco de sopa de judías con patatas que era lo único que había podido recoger de su huerto ese año. De las cuatro cabras que tenia sólo le quedaba una que ya por vieja no empreñaba, estaba pensando en matarla y hacer tasajo para pasar el invierno, los demás animales que tenía, conejos y gallinas también se le habían muerto.

   Esa noche, Matilde, soñó que la cabra había parido y tenía tres cabritillas. Por la mañana fue a la cuadra dispuesta a matar al animal y cual no seria su sorpresa cuando vio que Careta, que así llamaba la buena mujer a su cabra, tenía la ubre llena de leche. Miró por si era cierto lo del sueño, pero no encontró ningún cabritillo. Ordeño a Careta y le llevo una taza de leche caliente al niño y éste se lo agradeció con una alegre sonrisa.

   Los vecinos dijeron que seguramente Matilde estaba tan vieja que no se había dado cuenta de que la cabra estaba preñada y como la puerta estaba abierta, algún zorro se comió a la cría.

   El sacristán que cuidaba de la ermita, vivía en una vieja casita al lado del templo, nunca se caso y cuando murieron sus padres se quedo solo. Solía llevar algo de comida para el mediodía, le daba mucha tristeza estar solo en la casa y procuraba ir sólo a dormir. Ese día compartió la comida con el niño y aunque él suponía que no le entendía no paraba de hablarle.
   ─No se de donde vienes, ni me importa ─le decia─ pero ya que estás aquí podríamos hacernos compañía. Yo se lo duro que es estar solo sin nadie que se preocupe por ti ni por lo que haces o dejas de hacer, estar en una casa vacía, sin ruidos, oyendo el silencio y preguntándote ¿para qué vivo? ¿Por qué Dios no me ha llevado con ellos? Si tienes padres seguro que estarán sufriendo, pensando que te ha pasado algo malo y si no los tienes ¿por qué prefieres estar aquí solo en lugar de irte a la casa de la señora Matilde?
    ─Y tú
le contestó el niño para sorpresa del sacristán.¿por qué no le pides a Carmen, la hija del pastor, que se case contigo 
    ─Pero Carmen tiene un hijo sin estar casada.
   ─¿Y eso que importa, es qué acaso no es una buena mujer y tú no la quieres? ─El hombre le mira y dice
   ─Tú no eres un niño, tienes el cuerpo de niño, la voz de niño, pero no eres un niño, no se lo que eres, un niño, no. Voy a seguir con mi trabajo, pensare en lo que me has dicho.

   Al terminar el trabajo, Tomás, no se fue a su casa, se quedo a dormir con el chiquillo, tapándose los dos con la misma manta, esa noche no sintió el peso de la soledad. Al otro día se fue a hablar con Carmen.

   La mujer del herrero llevaba casada diez años y no tenia hijos ya se había hecho a la idea de que nunca los tendría, cuando le dijeron que en la iglesia había un niño perdido no se lo pensó dos veces y a pesar de lo que se comentaba se acercó con la intención de recogerlo, pero el niño, una vez más se negó a irse del pórtico. La mujer, ante la imposibilidad de sacarle de allí le dio un beso y el niño sonriendo le puso la mano sobre el vientre.

   Los vecinos se fueron acostumbrando a ver al niño en la puerta del templo y acordaron que ya que el chiquillo no quería abandonar el lugar, que habría siempre alguien con él, haciéndole compañía y vigilando de que no le pasara nada malo. Mientras, indagaban por si daban con su familia.

   No habían pasado ocho días desde la llegada del extraño niño, cuando, tan misteriosamente como había aparecido desapareció, dejando al pueblo sumido en un montón de dudas.

   Después de la marcha del pequeño empezaron a suceder cosas insólitas: Matilde encontró en su cuadra tres cabritas, una pareja de conejos y dos gallinas, Tomás se caso con Carmen, los pocos animales que quedaron vivos después de la epidemia se multiplicaban con una rapidez inusual, en pleno invierno parían las vacas, las cabras, las ovejas… y en todos los casos traían más crías de lo que era normal para cada especie. Lo que más sorprendió fue el nacimiento del hijo del herrero a los nueve meses de irse el niño.

   Los lugareños creen a pies juntillas que, el niño, era el que acompaña a San Roque.

domingo, 14 de junio de 2009

El enigma



   Hoy os voy a contar otra historia de las que nos contaba Rosalía en esas largas y frías tardes de invierno.
   Después de merendar, Rosalía nos había servido un rosco dulce, grande, esponjoso, relleno de cabello de ángel y rodeado de nata, del que no quedaron ni las migas, nos sentamos en el suelo, encima de cojines forrados de piel de conejo y rellenos de lana, dispuestos a escucharla.
Ella empezó diciendo.
   ─Cuentan que una vez en un país lejano, muy lejano, vivían un rey y una reina que tenían una hija muy hermosa, cuando llego a la edad de casarla, los reyes que eran inmensamente ricos, no querían para ella príncipes con grandes fortunas, querían un hombre valiente e inteligente, (si además era noble mejor, pero no indispensable)
   Los aspirantes a la mano de la princesa tenían que pasar tres pruebas.
   Primera: tenían que ir solos, a pie o a caballo.
  Segunda: vinieran de donde vinieran, tenían que cruzar un bosque muy grande y muy espeso, llamado El Bosque de los Lamentos, se tardaba más de un día en atravesarlo, donde, a decir de las gentes, a las personas que les pillo la noche dentro no volvieron a salir, también se comentaba que algunas noches de luna llena se oían lamentos, unos decían que eran las almas de los difuntos que andaban errantes sin encontrar la salida, otros que dichos lamentos eran producidos por las extrañas criaturas que lo poblaban.
   Tercera: tendrían que plantear una adivinanza que ninguno de los sabios del reino pudiera resolver, dispondrían como plazo para dar la solución, dos días.
   A todo aquel que no pasara dichas pruebas se le mandaría matar.
   Aún a riesgo de perder la vida, muchos, tanto nobles como villanos, fueron los que acudieron al reino con la esperanza de casarse con la princesa y heredar el trono y todos murieron, unos en el bosque y los otros decapitados al no superar las pruebas, entre ellos los dos hijos mayores de una familia de campesinos tan humildes que ni las tierras les pertenecían, las trabajaban para un dueño muy avaro que solo les daba una décima parte de lo que producían.   
   Cuando el único hijo varón que les quedaba les dijo que se iba a la corte, les entro una gran tristeza, le pidieron que no se fuera.
   ─Comprende, ─le decía su padre─ te necesitamos aquí, tu madre no es muy fuerte y tus hermanas son demasiado pequeñas, ¿quién me ayudara en el campo, para darles de comer, si tú te vas.
   ─No os preocupéis por eso ─contestó el muchacho─ cuando sea rey, no tendréis que trabajar para tener todo lo que necesitéis.
   ─¡Hijo mío! ─suplicaba su madre─ tus hermanos, con ser mayores, más fuertes y más inteligentes que tú, el uno, no logro pasar el bosque y el otro, fue decapitado al acertar los sabios su adivinanza, ¿lo vas a conseguir tú?
   ─¡Adió padre, adiós madre, adiós hermanas! Os mandare llevar a palacio cuando yo me case con la princesa. ─y se fue, llevaba una escopeta, una manta y algo de comida que le había preparado su madre.
   El camino era largo y los víveres escasos, cuando pasaba por algún pueblo o alguna granja, pedía algo de comer a cambio de trabajo y así se fue valiendo hasta llegar a El Bosque de Los Lamentos. Los que le vieron entrar comentaban.
   ─Pobre, tan joven y tan indefenso, no durara mucho ahí adentro,
   Patricio se iba abriendo paso entre la maraña de árboles, arbustos y retamas, lo curioso es que ha medida que avanzaba, la vegetación se hacia cada vez menos densa, hasta el punto de encontrar grandes claros con hierba verde y pequeñas retamas y algún que otro arroyo alternándose con la vegetación típica de los grandes y húmedos bosques. Era casi de noche cuando se dispuso a dormir, para ello eligió un hueco entre las rocas, recogió ramitas y hojas secas e hizo un montón en la entrada de tal forma que si alguien se acercaba tenia que pisarlas y él desde dentro le oiría, se tapo con la manta y puso la escopeta, cargada, a su lado. Al poco comenzó a oír extraños lamentos, agudizo los sentidos y llegó a la conclusión de que eran una mezcla de los ruidos propios de los animales nocturnos unidos al silbar del viento, acarició su escopeta y se volvió a quedar dormido, le despertó de nuevo el crujir de las hojas, instintivamente tomo la escopeta y disparo en dirección a la entrada de su precario refugio, al instante pudo oír como alguien o algo se alejaba aullando de dolor, “haber si ahora me dejan dormir” se dijo.
Aún el Sol no se había despertado, cuando Patricio comió la mitad de lo que le quedaba en el talego, guardando el resto para el camino. Al salir de su refugio las sombras de la noche cedían al empuje de la aurora, miro al cielo, se oriento y retomo el camino a palacio. Al mediodía se tomo un descanso y termino las viandas que le quedaban, por el camino, sabiendo que no le quedaba nada de comida, pensó que seria buena idea cazar algún conejo o liebre para la cena, disparo y mato a una hermosa liebre que guardo en su zurrón. El bosque se iba haciendo más y más cerrado, por lo que intuyo que no quedaban demasiadas horas para salir de él, acelero el paso, tanto como la vegetación le permitía y con las primeras sombras salía a campo abierto. A lo lejos, entre la penumbra, logro vislumbrar el campanario de una iglesia y hacia ella se dirigió, lo más rápido que pudo, sin apenas ver donde ponía los pies. La puerta estaba abierta, pero dentro no había nadie, ni el cura se atrevía a permanecer, a la noche, tan cerca del bosque, entro busco en el altar una vela y la encendió, después se dispuso a cenar, pero no podía comerse a la liebre cruda, miro a ver si encontraba algo para hacer fuego y asarla, la cena le dio sed pero no le quedaba agua en la cantimplora, rebusco hasta dar con el preciado liquido y bebió, durmió toda la noche y al amanecer se puso de nuevo en camino.
   En la mañana del vigésimo día era recibido por el rey, después de demostrar que hizo el camino solo y que había cruzado el bosque, el monarca le ordenó que expusiera su acertijo y el muchacho comenzó diciendo.
   ─Quiero que me respondan a los interrogantes del siguiente enigma: Tire a lo que vi y mate a lo que no vi, comí carne asada con palabras de evangelio y bebí agua que no estaba en la tierra ni tampoco en el cielo.
   Los sabios le dieron toda clase de soluciones como; tiraste a una vaca y mataste a un burro, asaste la carne rezando para que Dios hiciera el milagro o bebiste agua de la lluvia… a lo que él contestaba, no, no. al finalizar los dos días, el rey le exigió que diera la solución, si no lo hacia mandaría que le corten la cabeza.
   Patricio mira a los allí reunidos y con voz alta y clara contesta.
   ─Es muy fácil.
  Primero: tire a una liebre, que vi, y como estaba preñada, mate a los lebratillos que, no vi.
   Segundo: como no me podía comer la carne cruda, busque algo para hacer fuego y encontré los libros de los evangelios, hice fuego con ellos y ase la carne, así que comí carne asada con palabras de evangelio.
   Tercero: no tenía agua, era de noche y no era cosa de salir a buscarla, mire y vi la que estaba en la pila del agua bendita, esa agua al estar bendecida está entre las cosas de Dios y los hombres, por lo que no ésta ni en el cielo ni en la tierra.
   Ante tal razonamiento, al monarca no le quedo otra que concederle la mano de su hija.
Así fue como un humilde vasallo llego a convertirse en rey.

viernes, 5 de junio de 2009

Margarita

   Esta historia es de cuando Rosalía tenía catorce años y vivía con unos tíos suyos en la capital.
   La hija de una vecina, de la misma edad que ella, comenzó a sentirse mal, los médicos no daban con la causa de la enfermedad de la muchacha y lo achacaron a los nervios y a los cambios que experimentaba su cuerpo al paso de niña a mujer, pero pasaba el tiempo y la chiquilla iba de mal en peor, dejo de comer y sólo quería morir. La madre estaba angustiada, sólo tenia esa hija, enviudo al poco de nacer la niña. Económicamente no quedo mal, tenía dinero ahorrado y ella ejercía de maestra, pero a sus padres les preocupaba que viviese sola, sin marido y con una criatura de pocos meses, en una ciudad tan grande, donde nadie se conoce. Para que no estuviesen solas se vino a vivir, a su casa, un hermano de ella que estaba soltero.
   La tía de Rosalía era costurera, en su taller se cosía la ropa de las mujeres más influyentes de la zona, también se impartían clases de costura a las que asistían muchas jóvenes, entre ellas Margarita, la niña enferma.
   Al enterarse, Rosalía, del estado de la alumna, aunque no eran amigas, le pidió a su tía que la acompañase a hacerle una visita. La tía de Rosalía conocía muy bien a su sobrina y sabía que cuando pedía o decidía algo tenía buenas razones para hacerlo, pero que no se las iba a decir, así que le dijo.
    ─Está bien, esta tarde después de las clases te acompaño.
   Esa tarde cuando entraron en el piso de Margarita, Rosalía se quedo un momento quieta como en suspenso, después quiso ver a la muchacha.
   ─No se si querrá, se lo perguntare, ─dijo la madre─ ahora le ha dado por no querer ver a nadie, sólo quiere estar sola en su cuarto.
   ─Déjeme ir con usted, si me ve, seguro que me recibe.
   La mujer entreabre la puerta y le dice a su hija.
   ─Margarita, hija, ha venido la sobrina de la modista a verte.
   ─Que se vaya, no quiero ver a nadie.
   ─Sólo será un momento, quiero contarte una cosa. ─intervino Rosalía.
   No obtuvo respuesta, pero paso cerrando la puerta tras de si. Rosalía permaneció más de dos horas a solas con Margarita, ya su tía cansada de esperar, estaba a punto de dar por finalizada la visita, cuando margarita llamo a su madre y le pidió que dejase que Rosalía se quedase a pasar la noche con ella, a cambio tomaría leche con galletas.
    ─¡Por favor señora Justa, se que no tengo derecho a pedírselo, pero mi hija lleva tres días sin probar bocado y…
   ─No te preocupes, María, ─la interrumpió Justa ─si mi sobrina quiere, se puede quedar.
    Bien sabía ella, que la idea no era de Margarita, si no de su sobrina.
    Las dos jovencitas cenaron, leche con galletas, sin salir de la habitación.
   Después de cenar la madre y el tío de Margarita, fueron a la habitación de ésta a darle las buenas noches, como de costumbre.
    La casa llevaba varias horas en silencio cuando, a pesar del intenso calor que hacia, tanto dentro como fuera de la vivienda, el intenso frío que, de repente, sintieron sus moradores, les obligo a despertase, estaban inmóviles, entumecidos, como si la sangre se les hubiese congelado en las venas, no se sabe cuanto tiempo pasaron así, a la mañana siguiente todos coincidían, en lo extraño de lo sucedido, pero lo achacaron a una pesadilla colectiva,  Rosalía se limito a guardar silencio. El hermano de maría apenas probó bocado, se despidió con un “¡adiós!” y esa fue la última vez que su familia le vio. 

    Algunos comentaban que le vieron embarcar rumbo a América, pero nadie hablo con él.
    A los pocos días, Margarita, volvió al taller de Justa, tan alegre y risueña, como era antes de su enfermedad.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El niño perdido




    Ocurrió que un domingo de primavera, en el pueblo de al lado de donde vivia Rosalía. Un niño, de apenas tres años, se perdió cerca del bosque mientras su hermana mayor y otros niños de entre seis y diez años jugaban al escondite. Cuando se dieron cuenta de su desaparición se pusieron a buscarle, pero fue en vano, no pudieron dar con él ni con su rastro. En vista de que ellos solos no lo iban a encontrar avisaron asus padres  
  La voz se corrió como reguero de pólvora por todo el pueblo.  
  “El hijo de Isidoro se ha perdido en el monte” y a la llamada acudieron todos los hombres de la aldea con los perros, algunos llevaban escopetas, otros hoces, otros palos y los más simplemente sus manos curtidas por el duro trabajo, pero todos con una meta en común, encontrar al chiquillo.
    Las horas fueron pasando y la desesperación del padre crecía a cada paso que daban sin lograr su objetivo, ahora les parecía oír algo, quedaban expectantes, como paralizados, escuchando, pero nada, sólo era el viento, allá se movían unos matojos, una rama, pero cuando llegaban al lugar no había nada, la tragedia podía leerse en los rostros de los campesinos.

   Mientras, en la casa del chiquillo las mujeres del pueblo, arropaban a la madre y hermana, que se culpaban, a si mismas, de lo ocurrido, la hermana por no haber cuidado bien de él y la madre por dejar que se lo llevase.
    En el monte, el padre dándose cuenta de que era imposible dar con el paradero de su hijo, los perros habían perdido el rastro y los llevaban en círculos, tomó una decisión.
    ─Voy a buscar a Rosalía, ella, algunas veces, encuentra a los animales y al fin, las personas somos como los animales.
    ─Está bien ─le contestaron respetando su opinión─ nosotros seguiremos por el bosque hasta que se haga de noche o aparezca el niño.
    Por el camino, cogió el caballo de su vecino que estaba pastando en el prado, lo montó sin ni siquiera parar a ensillarlo y salió tan rápido, como el galope del animal se lo permitía.
    ─No se si podré hacer algo ─le dijo Rosalía y añadió─ pero que no se diga que Rosalía se ha negado a intentar ayudar a alguien. Nos llevaremos a Canelillo, es un perro muy pequeño, pero lo que él no huela, no lo huele nadie. ¡Ensilla ese caballo! iras más cómodo
    Cuando llegaron al lugar faltaba poco para el ocaso. Los hombres se ofrecieron a continuar, pero Rosalía se negó argumentando que sólo tenían dos bestias y que irían más ligeros y harían menos ruido.
    ─Si Canelillo encuentra el rastro nos guiara hasta donde esté, ir todos, sólo retrasaría la búsqueda y se nos echaría la noche encima y de noche ir a pie por el bosque es un suicidio. Antes de que se fueran, les pidió las ropas del niño que habían utilizado para que los perros siguiesen el rastro.
    Al quedarse solos, ella le pidió que la llevase al sitio donde se perdió la pista, una vez monte adentro, le dio a oler las prendas al perro y le dijo.
    ─!Huele, Canelillo! Dime donde desapareció.
    El perro olfatea el suelo y el aire y al poco se queda parado mirando hacia el este, a la espesura del bosque. Rosalía se dirige a Isidoro y le pregunta.
    ─¿Has vuelto a ver a perdida?
    Perdida era una loba que Isidoro encontró cuando ésta sólo contaba un mes o dos de vida, le dio pena, se la llevo a su casa y la crío con sus otros dos perros. Mientras la loba fue pequeña no tuvo ningún problema, pero a medida que el animal crecía su mujer fue cogiendo miedo a que Perdida atacase a sus hijos que se pasaban la mayor parte del día jugando con ella. Tanta fue la insistencia de la mujer y las advertencias de los vecinos que Isidoro la llevó, una mañana al amanecer y la dejo, libre y con comida, en la espesura del bosque.
    Antes de contestar, el hombre trago saliva y preguntó a su vez.
    ─¿No creerás que ella tiene algo que ver?
    ─Yo no creo ni dejo de creer, sólo pregunto y quiero que me digas la verdad.
    Isidoro bajo la cabeza y contestó.
   La he visto varias veces, suele venir de noche a casa y yo le doy algo de comida, la última vez que la vi, fue hace tres semanas, estaba preñada, seguro que ya ha parido.
    Rosalía se agacha le dice algo al perro y éste sigue un nuevo rastro. Al poco, Canelillo, se vuelve a parar y mira a su dueña que le ordena.
    ─¡Sigue los dos!
    ─¿Qué pasa? ─quiso saber Isidoro.
    ─Que el perro ha vuelto a encontrar el rastro de tu hijo.
    Casi en lo alto del monte Canelillo se detiene y la mujer informa.
    ─Desde aquí tienes que seguir a pie tu solo, llévate la escopeta por si acaso.
    ─¿Tú no me acompañas, acaso tienes miedo?
    ─No, pero lo que aguarda es una loba con sus crías, no permitirá que nadie se acerque a ellas, si no es Perdida tendrás que matarla y recuperar lo que quede de tu hijo, si es que queda algo, si, como yo espero, es Perdida, a ti te recibirá bien y podrás llevarte a tu hijo de vuelta a casa, pero si me ve a mí, puede sentirse amenazada y reaccionar mal.
    Isidoro se fue siguiendo al perro que caminaba despacio, con miedo. Muy cerca de la guarida de la loba Canelillo se detuvo, Isidoro apoyó la escopeta, cargada, contra su hombro y avanzó con cautela. El animal salió de su escondite y él hombre se dispuso a disparar, pero en el último segundo reconoció a su amiga y ésta reconoció su olor. Mientras, el pequeño Canelillo, agazapado entre los matojos no se le oía ni se le veía, por no hacer casi ni respiraba a causa del pánico. La loba salió al encuentro del que consideraba su amo y éste dejó la escopeta en el suelo y la saludo. Perdida le condujo a su guarida donde no se veía más que muchos ojos relucientes, Isidoro llamo con temor a su hijo que se despertó al oírle y salió corriendo del recinto y se abrazó a él. Agachado y con el niño en brazos, el hombre abrazo también a la loba en señal de agradecimiento. Mientras Rosalía se acercaba muy despacio, con los brazos extendidos y las palmas de las manos vueltas mirando al cielo. Cuando Perdida reparó en ella, por un momento se quedó tensa, expectante, luego avanzó hacia la mujer, casi a su altura se detuvo y la miro a los ojos, dio media vuelta y Rosalía la siguió. Al llegar a la lobera, el animal se aparto para que Rosalía pudiera ver dentro, sacó, uno por uno, hasta cuatro cachorros, mezcla de perro y lobo, los miro y los dejo con sumo cuidado de nuevo en la guarida.
    ─Hemos tenido mucha suerte, Perdida no ha logrado integrarse en ninguna manada, se ha apareado con un perro grande, quizás con el tuyo, si se hubiese juntado con un lobo hubiéramos tenido muchos problemas.
    De vuelta, a donde los hombres de la aldea les esperaban, ya con las primeras sombras de la noche cerniéndose sobre sus cabezas, Isidoro comentó.
   ─Lo que no entiendo es como se perdió el rastro y como Canelillo dio con él otra vez.
En lugar de contestar, Rosalía preguntó al niño.
    ─Dime, Luisito, ¿Cómo encontraste a Perdida?
  ─No sabia volver, me asuste y empecé a llorar y a gritar llamando, pero nadie me oía, entonces apareció Perdida y empezó a lamerme, deje de llorar y me subí encima de ella, como solía hacer en casa, al rato me bajaba y andaba otro rato, hasta que llegamos a su casa, vi a los lobitos y me puse a acariciarlos, pero me quede dormido, luego llego mi padre.
    ─Ahí tienes la respuesta, al subirse el niño a la loba, los perros perdieron la pista, pero canelillo no, él encontró un rastro nuevo junto al anterior y le mandé seguirlo, volvió a encontrar las dos pistas juntas y le ordené que continuara, tanto si iban las dos juntas como si sólo percibía una. Eso me dio la esperanza de que tu loba lo hubiese encontrado, mi temor era que si estaba integrada en una manada, ésta quisiera defenderla.
    ─¿Por qué quiso que vieras a sus hijos?
    ─Los animales y yo nos entendemos bien.







sábado, 16 de mayo de 2009

El hombre y el lobo



   Esto ocurrió en el pueblo de Rosalía, una noche, a principios de invierno. La mujer de Manuel, uno de los vecinos de Rosalía, se puso enferma; sudaba, tenia mucha fiebre y le salieron granos por todo el cuerpo, Manuel se asustó de veras cuando observó que a su mujer se le empezaban a hinchar las manos y los pies y aunque era de noche decidió ir a buscar a Rosalía, no vivía muy lejos, a menos de una hora andando, pero había que cruzar el bosque y en él moraban los lobos. Manuel sólo pensaba en que su mujer podía morir si no traía ayuda y sólo confiaba en La Maga, como algunos llamaban a Rosalía.
    Dejó a su mujer al cuidado de la hija, se abrigó y salió en busca de Rosalía. 

  Al poco de entrar en el bosque le salieron una manada de lobos, el hombre sintió miedo, mucho miedo y lamentó no haber cogido la escopeta, se sentía hombre muerto devorado por las bestias, cuando de pronto apareció, como salido de la nada, un lobo blanco y casi el doble de grande que cualquiera de los otros, él había oído a su abuelo, en alguna ocasión, hablar de un lobo blanco muy grande. Él, su abuelo, decía que era el espíritu de todos los lobos, una especie de líder o Dios al que los demás obedecían, pero siempre creyó que era un cuento, una leyenda que contaban los viejos, también le decía, su abuelo que si alguna vez se encontraba con él que no le demostrase miedo que no huyera ni intentara defenderse que si el lobo quisiera atacarle, ni siquiera le daría tiempo a verle, que siguiera su camino a paso ligero, pero sin correr y así lo hizo aunque las piernas le temblaban, del miedo que tenia, tampoco se atrevió a mirar hacia atrás.

    Cuando estaba llegando a la casa de Rosalía, los perros empezaron a ladrar y Jesús, el marido de Rosalía salió a ver que pasaba, al mirar hacia el camino pudo ver, gracias a la luz de la luna que esa noche lucia llena, a su vecino que caminaba deprisa y a unos pocos metros de éste, a un enorme lobo blanco que le seguía, altivo, sin prisa, a Jesús le dio la impresión de que el animal no acechaba al hombre, si no que le acompañaba y le protegía.

    Una vez informada Rosalía de lo que estaba pasando, se puso ropa de abrigo, recogió varias cosas de la cocina las metió en una talega grande, ensillaron a Paciente e Impaciente y emprendieron el camino de regreso a casa de Manuel, siempre seguidos de cerca por el lobo blanco que no les perdía de vista.
    Al llegar a la vivienda la hija de Manuel les abrió la puerta, Rosalía bajó del caballo y entro en la casa, no antes de decirle a Manuel.
    ─Vete a la cuadra, coge a tu mejor oveja y dásela al lobo.
    ─¿Por qué tengo que hacer eso? ─preguntó Manuel
    ─Porque si no lo haces él se cobrara diez por una y porque es un bajo precio por tu vida.

    Al ver en el estado que se encontraba Josefa, Rosalía le pidió a la hija que le trajese agua lo más fría que pudiese y que pusiera más a hervir, empapó toallas en el agua fría y se las puso en la frente, manos y pies de la enferma, luego la dejo al cuidado de la hija con la recomendación de cambiarle las toallas en cuanto éstas cogiesen calor, entretanto ella se fue a la cocina, sacó lo que llevaba en la saca y selecciono varias hierbas, algunas raíces y dos clases de bayas secas, lo metió a cocer en la olla, atizó la lumbre y espero a que hirviesen por espacio de unos cuantos minutos, después coló un poco del liquido en una taza le añadió miel y se lo dio a beber a la enferma, estuvo repitiendo lo de las toallas y la tisana hasta que la fiebre empezó a remitir, luego le quitó las toallas, la abrigo y les dijo que siguiera tomando la tisana cada tres horas durante dos días.
    Manuel quiso pagarle, pero ella no lo permitió, bastante perdida tuvo con la oveja.

martes, 12 de mayo de 2009

El hombre que engañó a la muerte


    Hoy os voy a contar algo distinto de Rosalía, es que Rosalía no sólo era una mujer con extraños poderes, también era cercana, cariñosa, llana.
  En la época invernal, cuando la inclemencia del tiempo no permitía realizar trabajos fuera de la casa, los habitantes del pueblo, hacían o arreglan herramientas, desgranaban el maíz, en fin, realizaban un sin fin de cosas que no pudieron hacer durante el resto del año. En el pueblo de Rosalía, como en otros muchos pueblos, los vecinos tenían la costumbre de reunirse por las tardes, una o dos veces a la semana, varias familias en una misma casa, se sentaban en torno a la lumbre a merendar, cada uno, según sus posibilidades, llevaba algo de comer, el que no podía no llevaba nada, pero era tan bien recibido como los demás. Además de merendar aprovechaban para planificar los trabajos que concernían a todos los habitantes de la aldea como; arreglar acequias, limpieza de los montes, rotación del pastoreo…, jugaban a las cartas, contaban historias, inventadas o no, los más viejos contaban anécdotas de su juventud y las mujeres tejían o cosían.
    Las visitas de Rosalía no solían llevar nada hecho, el que podía llevaba harina, huevos, azúcar, manteca. El motivo era que Rosalía tenía una muy buena mano para la cocina, en especial para los postres. Cuando ella amasaba y cocía el pan, aproximadamente cada quince días, los más pequeños sabían que podían ir a buscar su panecillo dulce, los más mayorcitos su pan con chorizo (un panecillo que se cocía en el horno con un chorizo en sus entrañas) tampoco faltaban los panecillos de trigo para Eduviges, una anciana que por su edad y el mal estado de su boca, no podía masticar bien el resto del pan, normalmente se hacia mezclando dos partes de harina de centeno con una de trigo, el resultado era un pan menos esponjoso y más consistente, de tacto un poco áspero que se conservaba bien, otra de las razones por las que se hacia así, era porque el centeno se daba mejor en esa zona, triplicando la cosecha del trigo con la misma cantidad de simiente y el mismo espacio de terreno. En las reuniones de Rosalía se servían una especie de torta muy, muy fina hecha con leche, harina de trigo y huevos, que se solía comer untada de mermelada, miel o solas
    Mientras merendaban, los niños se arremolinaban en toro a Rosalía y le pedían que les contase algún cuento o que jugase con ellos a las adivinanzas. En una de esas tardes, ella, nos contó una historia, no se si inventada, oída o cierta, en todo caso a mí me impresiono mucho, hasta el punto de no poder olvidarla, quizás porque la asocie con un lugar en concreto y cada vez que pasaba cerca creía ver a los personajes.
    ─Esto era ─comenzó a contar Rolalía─ un hombre que tenía una mujer muy hermosa que le iba a dar un hijo en unos pocos días. Una mañana al salir de casa, este hombre se encontró con la muerte que le dijo.
    ─He venido a llevarme a tu mujer, déjame entrar
    A lo que él contestó, cerrando la puerta.
   ─No, llévame a mí en su lugar, pero antes espera unos días a que nazca mi hijo, no quiero morir sin conocerle.
    La muerte que se aburre un montón, siempre está sola, nadie quiere estar con ella y es que el que la acompaña se muere, aceptó advirtiéndole.
   ─No trates de engañarme, nunca nadie lo ha conseguido. Vendré a verte todas las noches después de que tu mujer se duerma y jugaremos un rato a las cartas, la noche después del nacimiento de tu hijo te buscare, donde quiera que te escondas y te llevare conmigo ─y dicho esto se alejo.
    El hombre se quedo muy preocupado y con mucho miedo, no siempre se habla con la muerte. En lugar de irse a su trabajo, se adentró en lo más profundo del bosque, donde decían que vivía un brujo muy pero que muy viejo, aunque nadie le había visto nunca. Cuando, ya, cansado de buscarle sin conseguir dar con él, se disponía a irse a su casa, el anciano le preguntó.
    ─¿Me buscas a mí?
    ─Sí.
    ─¿Para que me buscas?
    El hombre le explico su problema y le pidió ayuda para burlar a la de la guadaña.
    ─Sólo hay una manera de hacerlo, pero tienes que ser más astuto que ella. Hay un prado con la hierba muy alta y un segador que no puede salir de él hasta que no consiga segarla toda, pero la hierba crece tan deprisa que cuando consigue segar una hilada la anterior ya está alta, otra manera de salir es que otro u otra coja la guadaña, pero eso también lo sabe la muerte. Yo te indicare como puedes llegar.
    A la mañana siguiente de nacer su hijo el hombre le dijo a su mujer.
    ─Voy a salir, estaré fuera todo el día y quizás también toda la noche, no te preocupes es sólo un asunto que tengo que resolver, a mi vuelta te lo cuento.
    Cuando la muerte fue a buscarlo lo encontró segando en el prado, muy enfadada le reprocho su actitud.
    ─Te dije que no intentases engañarme.
   ─Y no lo hago ─contesto él─ pero quise dejar a alguien para que cuide de mi familia y el hombre que estaba segando lo hará a cambio de su libertad. Yo ya estoy dispuesto para irme contigo, pero me gustaría jugar una última partida a las cartas, si tú quieres.
    ─Está bien ─dijo la muerte.
    Ella echo su capa sobre la hierba para que no les molestara al crecer y comenzaron a jugar, alumbrándose con un viejo candil. Poco antes de que amaneciese la muerte dijo.
    ─Se ha terminado el plazo ─recogió su capa y la guadaña y ordeno─ ¡Acompáñame!
    ─Esta vez te vas a quedar segando ─contesto él─ has cogido la guadaña equivocada. Aquí te has de quedar hasta que otro la coja.
    Y allí se quedo la muerte sin poder llevarse a nadie más.
    ─Y si ella no puede llevarse a nadie ¿Por qué se sigue muriendo la gente? Le preguntó, uno de los niños, a Rosalía.
    ─Porque después de muchos años las personas se hacían muy viejas, muy viejas y no se podían morir y como los niños seguían naciendo, ya casi no cabían en el mundo. Entonces el hombre fue al prado y libero a la muerte.

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